miércoles 15 de abril de 2009 

Trabajando



Vengo de merodear por el Sena. Ya lo sabéis, cubro el puesto de Hemingway. Mis perros y yo paseamos. A algunos los he tenido que sacar de sus tumbas, plantarme delante de ellas y decir "abracadabra" y ellos han salido hermosos y jóvenes para asaltar París a mi vera. Su trote es el "tam tam" de mis pasos y sus bocas son profundos túneles de saliva y molares deseosos de cazar conejos, gatos o erizos. "Nada de eso, chicos", les digo, "En París sólo se pueden cazar sueños". Parecen entender y sus bocas se relamen ante la perspectiva sabrosa del sueño, esa sustancia divina.

Somos cinco y seguimos trotando como una manada neanderthal y bohemia. Mis perros me sugieren rutas, monumentos, calles, restaurantes... Parece que han estado aquí antes.

Uno de ellos me habla de alquilar un bote y remar por el Sena como robustos "Maupassantantes" antes de adentrarse en la locura. A otra la idea de verse sitiada por el agua le espeluzna y le hace sentir nostalgia de la tumba (tierra).

"No iremos, tranquila. Nos quedaremos aquí, bajo el cielo y sobre el suelo", le digo a mi adorada can.

Ella sonríe. (Por supuesto que puede sonreir un perro). Hoy he escrito un par de cuentos, unas crónicas y mi trabajo ha sido casi tan fecundo como el del sol. Estoy contenta. Si me aplico, podré promocionar hasta persona eternamente feliz.

lunes 6 de abril de 2009 

Profesiones para tiempos de crisis




Hace tiempo que no escribo, ni aquí ni allá (en mi segunda novela), pero la atmósfera está caliente y una primavera de ideas comienza a despuntar en la terraza de mi persona.

El destino quiere que escriba, entiendo que así lo quiere pues no encuentro trabajo, pero, si lo pienso, resulta que el FATE desea que el mundo se plague de artistas puuesto que nadie encuentra hueco laboral y otros muchos lo pierden. Bien, pues seamos artistas... resucitemos París; saquemos de sus tumbas a Miller, Joyce, Hemingway, Picasso y a Ford Madox Ford... Adiós, escuelas de negocios. Bye, bye, hombres de provecho económico. Empieza a crepitar el verso en los balcones de la rue no sé qué y París vuelve a ser una fiesta.

Bien, pues no me emperro en decirle al destino que no, acataré las jornadas a la vera del Sena y en sus cafeterías alimentadas por la docta clientela del Louvre. Ay, he rellenado el formulario de la oferta de trabajo ya. He enviado mi "application job".

Ya tengo trabajo! Adiós, cola anfibia del INEM. La oferta decía algo así:

Se busca un Hemingway, no importa el sexo, valen mujeres. Tendrá que residir en París y escribir, escribir y escribir. Pasará alguna estrechez económica pero será feliz, tremendamente feliz.

Me han dado el puesto y parto para allá con la emoción del primer día de trabajo. En el trayecto en tren, puedo leer el periódico. Hago un vistazo rápido, de tipeja laboralmente satisfecha, a la sección de clasificados y leo lo siguiente:

Se busca un Scott Fitgerald. No importa el sexo. Deberá vivir una tormentosa relación con su pareja (su esposa, Zelda, estaba loca) y vivir en París. Su trabajo será escribir y vivir. Interesados envíen currículum vitae a...

Levanto la vista, emponzoñada de emoción ante la perspectiva que se avecina, y pienso que el arte siempre tiene un mercado laboral que ofrecer...

jueves 12 de marzo de 2009 

La delegación de escritores




Acabo de dar esquinazo a Ibiza y me he venido para acá. Pero no voy a volver sobre el asunto del que hablé en el piso de abajo. He venido a desfogar mi verbo y a dignificar mi imaginación.

Ayer se me ocurrió un argumento, suele pasarme cuando la cama y la manta se confabulan para que me desplome en un sueño de ocho horas. Por unos momentos creo que la idea pescada estará mordiendo el anzuelo hasta mañana, pero al día siguiente el pececillo se ha pirado y pongo cara de estreñimiento mental porque sé que la historia está ahí, en mis intestinos imaginativos, aunque se niega a asomarse. (Puede ser que esta metáfora sea un horror. De hecho, lo es. Pero un blog no es un sitio de censuras).

A ver:

Tolstoi ha venido a visitarme. Es el delegado de una representación de escritores de la talla de Zola, Víctor Hugo, Fitzgerald, Dostoievski...

Me trasmite el mensaje de todos:

-Eres nuestra esperanza. Sólo creemos en ti para seguir haciendo literatura. Pero no eres la única, hay más como tú, pero están desmoralizados y aplastados por el gremio editorial. Encuéntralos y lidera esta revolución contra la era del bestseller histórico. Zafón y los suyos no pueden seguir haciendo de las suyas. Sus fechorías literarias amenazan al mundo de la imaginación.

Yo asiento. Qué tremenda misión. Ahora soy John Connor y busco a los supervivientes de este holocausto que ha aniquilado a la literatura.

martes 10 de marzo de 2009 

Ciudades del mundo

A Lynn le están hurtando los argumentos, se los están robando poco a poco con la estrategia del trabajo; ésa que la tiene horas sentadas dando la vuelta al mundo para poner en marcha cientos de páginas web al respecto.

Menuda paliza de monumentos, economía del lugar, cómo llegar y gastronomía de la zona. Desde entonces, he comido en decenas de países, pero tengo el culo plano de no moverlo de mi silla sedentaria. ¿Existen los viajes virtuales? Sí, los que yo hago sin despegarme de mi tercer brazo (teclado) y de mi cara antirreflectante (pantalla). A pesar de que ambos somos portátiles, ninguno de los dos se mueve y seguimos amarrados a puerto. ¿Creéis que quiero viajar? No, simplemente quiero quitarme el lastre de las ciudades de las que tengo que hablar como si mi retina y ellas se conocieran. Tendré que llamar a Braveheart para que me liberte, mi causa es casi tan grande como la de Escocia.

miércoles 28 de enero de 2009 

Lo que he sido y seguiré siendo



Es que hace más de un mes que no escribo y Jack London espera tendido en mi cama. Tiene los ojos idos, idos muy lejos, como estrellas que brillan en el firmamento pero hace siglos que murieron.

London está tendido, amarrado en el puerto de mi cama, con una pipa moliendo con sus humos la pureza del aire de mi habitación... Sus ojos no tienen noche, en ellos es de día siempre. Se acaba de librar de la camisa de fuerza de su prisión de San Quintín y empieza a desperezar sus músculos que se hinchan como velas. La sonrisa ara su piel y empiezan a brotar dientes en cuanto me ve. No viene a contarme marranadas este London, sino que quiere relatarme cosas sabias.


Ayer nos quedó pendiente una de sus reencarnaciones: me dijo que había sido un loco ermitaño de Egipto, un niño colono camino de una próspera California, además de un parisiense tonto por los duelos antes del alba. Nos ha quedado en la lengua una vida sin contar.

Me pongo el pijama y él empieza a relatar las cien mil vidas que precedieron al Gran Jack London.

Sonrío como una boba, antes también sonreí así a Jack Kerouac, y a Maupassant, también a Dostoievski o a Tolstoi. Por no hablar de Huxley, Emile Zola o Fitzgerald. Antes de ellos estuvieron Michael Ende, José Luis Olazoila... Es cierto, debo reconocerlo, soy una cualquiera y, muchas veces, una cualquiera lesbiana.

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miércoles 10 de diciembre de 2008 

La verdadera historia de...


Era tarde cuando K. llegó al castillo y saludó a la concurrencia que engullía cervezas. Los ojos apenas se desatoraron de la partida de cartas que se jugaba y K. presintió la mala educación.

Pidió su cena a una camarera de pechos con dimensiones de Kilimanjaro, cuyas cimas, adivinó K., no estaban nevadas, pero sí preparadas para la tarea de robustecer a algún bebé que aguardaba en casa al regreso de la madre.


Pero K. no estaba para escaladas, así que no le prestó mucha atención. Sólo quería su bendita comida, para apaciguar a un rugiente estómago. Tenía sueño y se le caían los párpados, pronto se le desprecintaron y captó las nieblas londinenses del plato que le traían.


Se dejó mecer por los aromas, comió, y desparramó sus carnes dormidas sobre la hiriente madera. Llevaba días viajando y el frío del exterior le había desintegrado las grasas.


Necesitaba dormir, dormir... Pronto despertó en medio de una novela de Kafka.
Se maldijo a sí mismo por haberse dejado atrapar de esa manera tan tonta por el escritor.

Enseguida retiró su cabeza, pesada como un lingote de la Reserva Federal de EE.UU., de su abrigo-almohada. De nuevo Kafka mandaba como un Hitler o Franco sobre su vida.

No había nada que hacer, sólo cruzar los dedos y orar porque aquello no fuera "El proceso", ni....

Los rezos no llegaron a los oídos de Dios o del Escritor:

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa (el antiguo K.) se despertó convertido en un monstruoso insecto...

jueves 4 de diciembre de 2008 

La posteridad con pastillas



El señorito
Zola descendió un pie de la calesa. Su bigote necesitaba un suplemento de hierro y caía, mustio, sobre sus labios. Levantó los ojos y miró a su alrededor. Su bastón empezó a taconear sobre la acera de la rue...

El nombre "
Emile" tiraba del carro de su apellido; es decir, "Emile" son los caballos y "Zola", el carruaje: Emile Zola. Así de sencillo... (Suena raro, pero esto es un blog que no atiende a cribas de editoriales).

Seguimos:

Nuestro Zola desfiló con su bastón. Estaba algo triste... porque su amigo H.G.Wells lo había paseado en su "coche"... (la máquina del tiempo) y lo había llevado a un sitio... Una vez allí, se había bajado del auto y caminado con Herbert hasta una cadena de librerías patrias. Ahí mismo su colega le había dicho:

-Por esto trabajas más de doce horas diarias...

Zola corroboró con cien mil miradas perplejas que la "Z" de las estanterías apenas le recordaba y que, de toda la urbanización literaria que había creado, sólo una de aquellas viviendas parecía habitada: Naná.

-Pero ¿por qué? -preguntó mientras la destocada edición de bolsillo se levantaba las páginas para mostrar sus "pechos como lanzas".


Herbert se encogió de hombros y a Zola se le encresparon los bigotes de pura indignación cual perro camorrista, después volvieron al déficit de hierro.

-¿Qué es lo que ha pasado?...

-Pues que no te cuidabas... -replicó Herbert en un plan elocuente-. Observa
tu bigote... Lo tienes decaído, por no hablar de la piel amarillenta y los ojos vidriosos. Como sigas así, morirás dentro de... cuarenta años.

-¿Tan mal me ves de salud?


-Sí, pero no te preocupes, tengo la solución... Casualmente he dado con una fórmula fantástica capaz de vigorizarte.


Y don
Wells desenfundó un pequeño bote con unas entrañas de pastillas.

-Tómate una de estas una vez al día y verás qué bien te encuentras... Durarás dos mil años y la posteridad no existirá para ti dado que serás "un presente progresivo", cuyos libros andarán siempre por la sección de novedades. Ay, amigo...

Don Zola engulló la primera de esas pastillas con rumbo al eterno presente, todo sea porque la "Z" de las librerías no le olvide.

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viernes 21 de noviembre de 2008 

Las partículas deprimentes



La cara se colorea. Se vuelve de un rojo patriótico y los ojos... en los ojos, si los quitamos, tenemos dos túneles. Pero están ahí y, por ahora, no se piensan mover; su mirada es inamovible, no van a dejar de mirar... por lo menos esta noche.

Resulta que el sujeto está leyendo a un tal Houellebecq; de apellido chulo, rimbombante (de Rimbaud?) pero de estructura mental tan deprimente como un fin del mundo.

Ha pasado un par de noches con él en la cama, Houellebecq y él juntitos entre las sábanas a pesar de la heterosexualidad de ambos. Lo estuvo leyendo entre las 23:00 a 24:00 horas, como un somnífero de la fábrica Anagrama. Todas las noches la prosa simplona de H. le acuna con su contingente de labia marcado a veinte euros el signo de puntuación...

El lector lee, porque es lector y es la segunda intentona, no puede dar media vuelta; la retaguardia ya no existe para él. Avanti por los raíles de la novela...

Llega la cháchara de una tele con sus diatribas económicas (!!hay una crisis!!, por si alguien se había sustraído de la realidad), de modo que ahí tienen la macedonia de voces discutiendo sobre el evento bursátil. Pero el gabacho sigue poniendo a la vera del suicidio a sus lectores... Le gusta verlos apagando las lamparitas con los rostros deficitarios de salud, los labios palpan las palabras: "qué deprimente es este tío".

Giran la contraportada para captar al autor con su rala pelambre molida a vida parisiense y porque... tienen derecho a ver el rostro de su asesino.

Un día de éstos, míster Houellebecq, un día de éstos...

jueves 20 de noviembre de 2008 

Sillas con oídos



Enfrente un restaurante especializado en despachar calamares abrigados con pan.Una mayonesa les sirve de perfume. Las mesas, desmigándose por la calle al amparo de un acatarramiento de motores y una espina dorsal de humos, y dos mujeres en la cincuentena prodigándose mimitos verbales:


-Tienes que encontrar un hombre que te quiera.

La que habla alza la vista. Lleva una falda que la ciñe como las manos de un hombre, la envuelven en un abrazo floreado y alegre mientras su carmín besa vasos cilíndricos. En su interior habitan pequeñas Antártidas en deshielo por el cambio climático de julio. Creo ver a un oso polar emigrando hacia la extinción.

Su interlocutora calla y medita. Endereza su sonrisa de vez en cuando, pero está a punto de desertar de esos labios... puede que no vuelva nunca más.

"Bye, bye, sonrisa. Puede que te escribamos una canción".

-Esos hombres con los que te juntas son basura. No merecen la pena.

-Ya lo sé, pero dónde encuentro a los que valen la pena -se queja la de destino cruel.

-Tienes que salir más, arreglarte... Tú vente conmigo. Vas a pasarlo mal durante unos años, pero saldrás de ésta.

Parecería que la exitosa aconseja a la fracasada, que la lista y dotada de GPS vital limosnea unos consejitos a la perdidilla, que el marido de corazón principesco y de tonos azules aguarda a la primera con una retahíla de poemas de amor bien aprendidos, pero ahí la oreja de la curiosa narradora se tropieza (casi se rompe los dientes en la colisión) con una frase:

-Yo tengo un amor platónico... que es mi marido.


La nota del camarero pone fin a la escena. Diez euros por un bocadillo suena excesivo.

martes 18 de noviembre de 2008 

¿Alguien lo vio?




Bueno... se rasca la voz, un carraspeo para afinarla.... Dentro de nada saldrá por la chimenea rumbo a las páginas eternas, hasta que el Técnico hacedor de la Internet disponga.

En fin... La rascada de voz se vuelve monumental, como de abuelo con pulmones fumadores. De hecho, el currículo de cajetillas a sus espaldas es abrumador: bruma tejida por todos esos cigarros... A su alrededor se pueden poner tumbas y cruces y ya tenemos otra Noche de los Muertos Vivientes. Humo, bruma, niebla... y falanges desnudas de piel truncando el sueño de un miedoso.

Pues bien, ahora se sacude el pelo. El mocho suelta pelusa, como si con ella se hubiera barrido el suelo de un castillo encantado.

Por fin, habla:

"Me llamo... Voc. Sí, ése es mi nombre. Y me apellido... Me apellido nada, de nada... Creo que nada se entiende. No sé quién me trajo hasta aquí... debió de ser alguien malvado. Me dijo que fumara y comiera, que viviera, que trabajara, que me casara y tuviera hijos, si tenía oportunidad, pero se fue y no explicó por qué. ¿Por qué debía hacer eso? No sé quién fue, ¿alguien lo vio? ¿Pudieron verle antes de que se marchara? ¿Saben qué pinta tenía? ¿Dejó una nota? Debió de hacerlo porque si no... no se entiende".

Él levantó la mirada. Los ojos, como dos claraboyas en el armazón de un trasatlántico, se inundaron de duda.

"¿Alguien lo vio?".

De veras: ¿alguien lo ha visto?


Dibujo: José Yáñez

Sobre mí

  • Soy Lynnsinhill
  • Spain
  • "La edad kafkiana" no es más que un gimnasio donde estiro mis palabras, donde mejoro la musculación de mi prosa, y me empeño en lo que sea que algún día llegaré a intentar ser. Por cierto, si alguien toma algo de aquí (una de mis entradas íntegramente), por favor, debéis incluir la procedencia. Además, la mayoría de lo aquí publicado está inscrito en el registro de la propiedad intelectual. Otra cosa: Yo también escalo, pero no soy Lynn Hill (la de la imagen). Sólo quería disipar nubes de confusión.
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